Los hermanos sean unidos; los Gallagher regresan a River
Oasis se reencuentra con el publico argentino en un fin de semana bíblico, dos funciones, miles de personas y un sueño que finalmente se cumple.

Escribe: Amelia Rios Federik

Los hermanos sean unidos; los Gallagher regresan a River

river atardeciendo en muchedumbre y tarareos

21/11/2025

River Plate brilla y danza en un oleaje iracundo, un pogo exacerbado que parece hundir la tierra. El viento helado, con gusto a lluvia, despeina la multitud de flequillos. Un escenario, plateas llenas, un campo que rebalsa de camperas adidas y pilusos.

El 16 de noviembre amaneció al ritmo del britpop en la ciudad, luego de la tormenta del sábado que lustro en cada avenida de la capital. Hoy es la última fecha de la mítica banda de los 90s en nuestro país, antes de continuar y cerrar su tour luego de años separados.

Quien dice que no hubo movimiento miente. Apuesto a que no se veía este movimiento desde que Taylor Swift hizo que, con su presencia, miles de pibas se pusieran a confeccionar pulseritas solo para el evento.

Desde que empezó la semana, el fanatismo se respira: la euforia y las ansias en su batalla campal por pronunciarse de la otra. Todo el pueblo caminando contento y tachando los días como los presos, porque este finde tienen una cita en Núñez. Incluso cada jacarandá de la nueve de julio parece saber que este finde se escucharán los alaridos más románticos al compás de "Wonderwall".

Me bajo del subte este domingo 16 de noviembre, en Congreso de Tucumán, y la música de Oasis, viva y palpitante, inunda el aire; cada canción no solo sonaba, sino que era vivida, respirada y cantada por miles como un himno compartido. Eso es lo que resulta tan místico de la música en vivo; irónicamente parece vivir hasta en los barrios más aburridos.

Entre remeras, pilusos y voces al unísono, esa multitud diversa y salvaje —padres con sus hijos, probablemente adoctrinados a costa de este rock ciertamente alternativo, amigos de toda y para toda ella, amores que hoy son matrimonios cuyo amor fue musicalizado por estas guitarras empalagosas— se entregaba a la magia y al desdén por unas horas: todos los días son maestros, contadores, vecinos, padres empleados, médicos, monotributistas, abogados, maridos y señoras “de”; todo el trillón de cosas aburridas que parecemos estar condenados a ser, pero esta noche discernimos de nuestro legado y somos estrellas de rock supersónicas y alborotadas.

La casi imposible, soñada, día y noche reconciliación de los hermanos Gallagher fue el núcleo indispensable para el regreso de Oasis. No fue un arreglo simple ni un solo gesto aislado. Fue la renuncia al ego, fue el refrán seguido al pie de la letra, fue la ley primera del gaucho Martín: "los hermanos sean unidos, porque esa es la ley primera".

Liam fue quien dio el primer paso llamando a Noel, después de años de distanciamiento y peleas públicas que los mantuvieron separados desde la disolución de la banda en 2009. Cuando ocurrió el trágico episodio en París, donde Liam le rompió en la cabeza a su hermano una Gibson ES-355 roja —el emblemático modelo de los 60s— como ultimátum de las reiteradas y duras tensiones que atravesaron durante todo el recorrido musical del ensamble, ese fue el aparentemente irremediable “final” de Oasis.

Un factor fundamental fue la intervención de su madre, Peggy Gallagher, quien con persistencia y amor logró que ambos dejaran atrás sus diferencias. Ella misma declaró que fue la instigadora del reencuentro, aunque el mérito fue de los hermanos al decidir volver a tocar juntos. Las disputas entre Noel y Liam, que incluían enfrentamientos verbales y conflictos internos prolongados, fueron superadas gradualmente. El proceso comenzó con pequeñas reconciliaciones parciales, como la participación conjunta en algunos shows y eventos desde 2023 en adelante, hasta que se confirmó la reunión completa de Oasis en 2024. No hubo un "acuerdo formal" económico o de otra índole anunciado públicamente, sino que fue una decisión motivada por el deseo genuino de retomar la banda, impulsada fundamentalmente por la familia y el intento de madurez de los hermanos.

Liam, fanático del Manchester City, respondió que si el equipo ganaba la Champions League, su banda volvería al ruedo en el ’23.

Todo estaba descaradamente explícito. Durante esas horas quedó más que en contrapuesta las diferencias cruciales entre los hermanos. La mirada de Noel es invaluable; alberga una ternura inmensa que supo copar cada piluso del estadio. "This one is for the ladies", exclamó mientras se aferraba a su acústica, previo a dejar su garganta en “Talk Tonight”. Es sabida la dinámica de estos dos: Noel es la cabeza, quien calcula fríamente cada una de estas letras conmovedoras y románticamente empedernidas.

"All your dreams are made of strawberry lemonade, and you make sure I eat today", cantaban los labios del señor mientras lágrimas paseaban por sus mejillas y una sonrisa de labios cerrados decía más que mil palabras. Su frescura lo distingue de cualquiera.

Liam Gallagher: la pilcha, la pose, la esencia visual y el componente supersónico del conjunto, con esa mezcla única de arrogancia y carisma, como si fuera ese pibito piola del colegio que, en lugar de intimidar y molestar a otros, eligió transformarse en el líder indiscutido de la mejor banda del género de todo el Reino Unido. Único en su especie, suelto, transparente y con esa energía más que desobediente. Su voz, quebrada por la pasión, agradeció al público y denominó la noche del público argentino “BÍBLICA”.

Hijos de inmigrantes irlandeses, de la clase trabajadora, nacidos y criados en un barrio vulnerable y carenciado de la ciudad de Manchester; Longsight, con un padre alcohólico y un cóctel de dificultades en su vida, aferrados al fútbol y a su cuadro como mantra de vida, con esa vibra maradonesca y bostera, hoy estaban haciendo historia de nuevo y juntos.

El miedo se impuso en un instante cuando el recital se atrasó por cuestiones climáticas y los horarios se corrieron, quedando así su telonero, Richard Ashcroft, destinado a tocar recién a las nueve de la noche, y los hermanos, a las diez. Es innegable cómo se manifestó en el aire aquella sombra de tragedia que París impuso en 2009 con la separación oficial de la banda minutos antes de salir, pero la ansiedad se disipó con la certeza de que esa noche no habría dolor, solo celebración. O eso se deseaba con tanta fuerza, que terminó ocurriendo.

Las luces se apagan, todas las gargantas del estadio se desgarran en un eco de emoción. Esto está ocurriendo, esto está solamente empezando…

"Space and Time" sería la canción con la que Richard Ashcroft, telonero designado por la misma banda en toda su gira, daría inicio a la velada más anhelada del último tiempo.

El cielo parece moverse al ritmo de los violines de "Bitter Sweet Symphony", y justo cuando uno piensa que no puede sentir más excitación en el cuerpo, las luces se apagan de nuevo. La media hora más corta de la historia; diez en punto, puntualidad inglesa, escuchamos la intro de "Hello", parpadeamos y ahí están, ese dúo por el que rompimos el chanchito y revolvió nuestro estómago de la intriga durante un año. Empieza la función sin protestar.

“Hello, Argentina”, con ese inconfundible acento británico que a uno le hace dudar de todo conocimiento previo del idioma, porque poco se entiende pero mucho se intenta.

El setlist más taquillero de la historia del Monumental, seguro. Un show de un poco más de dos horas que padeció incontables y diversas emociones, segundo a segundo, minuto a minuto. La foto de Diego Armando, gigantesca en “Live Forever”, que solo podía hacerte temblar el cuerpo de orgullo, y las estrellas que parecían ser testigos de todo.

Ese grito colectivo más allá de las palabras, esa comunión entre extraños que se vuelven cómplices, la catarsis común al mirar al cielo extendiendo los brazos en "Don’t Look Back in Anger" es lo que convirtió aquel concierto en algo más que un show: fue un acto de resistencia, de amor e integridad. Cuando las luces se apagaron, quedó la certeza de que, por unas horas, la vida real había quedado fuera, y la eternidad, aunque efímera, se hizo canción.

El sueño popular de esta alianza se hizo realidad y aconteció frente a miles de argentinos, en nuestra propia tierra, una noche donde el tiempo parecía suspenderse y nos encontramos llorando, saltando, cantando con 70 mil desconocidos una misma canción, una misma intensidad, todos transitando en conjunto ese instante, con la misma energía y la misma emoción pese a las distancias y diferencias de todos los días.

Como la misa, como el fútbol, como la alegría y la admiración, ahí se comparte algo invaluable que a cada uno atraviesa de distinta manera, pero logra copar el pecho, de ese no sé qué.

Terminó el recital y todos seguíamos ahí, sin poder manejar el éxtasis de haber vivido, hecho y transitado historia. La caminata a casa fue dura, pero el cansancio se anestesiaba al ver a la gente contenta, abatida de tanto para festejar.

Tengo la certeza de que nadie podía creer tal experiencia, y que a raíz de las ganas prolongadas y el deseo popular que se sostuvo no solo estas semanas sino desde que esta reunión se dio a conocer, sabemos que ahora viene la nostalgia pura y sin remedio. Un sentimiento parecido al de volverse del viaje de egresados a Bariloche al final de la secundaria.

Innegablemente solo podemos preguntarnos: ¿y ahora qué? Toda esa viveza pasará a ser anécdota, recuerdo y, por sobre todo, algo invaluable que no se volverá a repetir aunque la banda regrese un trillón de veces y con un carnaval carioca a su lado. Lo que un día fue inimaginable, pasará a ser el relato preferido de nuestros hijos.

“Gracias por vivir esto conmigo”, le dice un amigo a otro mientras le golpea suavemente la espalda, como los hombres suelen hacer. Los tipos juntan sus cabezas despavoridos y ríen.

Ahora cada uno verá la manera más económica y ágil de regresar a su respectiva morada para compensar la infinidad de cervezas y cada remerita de Oasis comprada de camino a la cancha.

Hoy es domingo, y mañana hay que levantarse temprano para volver a ser un simple mortal que debe seguir en funcionamiento: colectivos, trenes, autos y remises parten para la realidad de nuevo.

Yo medito la caminata hasta Balvanera, mi barrio, con tal de no gastar más. Estoy descompuesta de la emoción, no tengo fuerzas para afrontar la semana luego de haber sido llanto y música en una noche.

Jamás dejará de fascinarme eso de nosotros, los humanos: lo lejos que podemos llegar, las circunstancias a las que estamos dispuestos a batallar, perder o sacrificar por ir a escuchar en vivo dos horitas, un poco más o un poco menos, de la música que nos gusta.

Amen.

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