07/02/2026
En los primeros días de febrero, Donald Trump difundió en sus redes sociales un video editado en el que el expresidente Barack Obama y su esposa Michelle aparecen representados con rasgos de simios. Naturalmente, el contenido generó repudio inmediato en los usuarios y acusaciones directas de racismo. Lejos de retirar el material, Trump decidió mantener su post y “defenderse”. Además de rechazar las críticas, afirmó que se trataba de una broma política. Es decir, según el presidente, el ataque no iba dirigido al color de piel de la pareja.
Trump intentó justificar la difusión del video como un ataque ideológico a sus adversarios demócratas. Sin embargo, el recurso utilizado no apunta a ideas ni a programas de gobierno. La burla se construye sobre una comparación animalizante que tiene una carga racial evidente. Durante siglos, esa asociación fue usada para deshumanizar a personas negras y legitimar su exclusión. Presentarla hoy como humor político no borra su origen ni su efecto. Al contrario, demuestra cómo el racismo puede camuflarse bajo la forma de la ironía partidaria.
Cuando este tipo de mensajes proviene de una figura con enorme visibilidad, su impacto se multiplica. No es lo mismo un insulto aislado que una provocación difundida desde una cuenta con millones de seguidores. En ese gesto se construye un clima de “permiso” simbólico para la discriminación, y la violencia simbólica prepara el terreno para violencias más concretas.
El de Trump no es un caso aislado ni poco común. De hecho, hay millones de ejemplos de situaciones de racismo que son excusadas con un “en realidad quiere decir otra cosa”. Llevándolo a la Argentina, por utilizar un ejemplo cercano que cualquiera ha escuchado alguna vez, se le suele decir “negro” de forma despectiva a cierto arquetipo que “no trabaja, no labura, vive del Estado, es cabeza (para referirse a que es tonto o carece de educación)”, y si a alguien se le ocurre decir que es un término racista, degradante, o poco justo, la otra persona rápidamente responde “me refería a negro de alma” o “es una manera de decir”. Incluso, se excusan con que es algo cultural y que no es un problema, porque “en Argentina no hay negros, entonces no existe el racismo”.
En el Censo de 2022, un 0,7% de la población argentina se identificó como afrodescendiente. Es decir, personas negras hay, y de hecho es muy probable que este número haya aumentado desde entonces debido a la inmigración. Aunque sean considerablemente pocas, y aunque no las hubiese, eso no excusaría la estigmatización ni la asociación de todas aquellas características con la palabra “negro”.
Aun así, hay que reconocer que en Estados Unidos el problema racial es muchísimo más grave. Hubo algún tiempo en el que las aguas se calmaron tras la muerte de George Floyd y el movimiento Black Lives Matter (las vidas negras importan), pero que el actual presidente postee este tipo de videos y utilice una excusa tan fácilmente desarmable (y que gran parte de los republicanos lo defienda) demuestra que los movimientos políticos de hoy no resultan en más que una moda, una pose de TikTok, algo efímero, pasional pero al mismo tiempo olvidable. Porque si bien claramente no se espera que el partido republicano critique a su propio representante, y la publicación de Trump pronto será olvidada y recordada como algo anecdótico, como sucede con la mayoría de los escándalos virtuales; tampoco existe una contraparte que luche y se movilice contra este tipo de comentarios repudiables. Al menos, no una que sepa mantener su postura a lo largo del tiempo.