Análisis del discurso

¿Hasta cuándo cómo y bajo qué argumento? El oficialismo construye sus avances en una lógica de sacrificio permanente a la espera de una recompensa que cada vez se ve mas lejana

Amelia Rios Federik

Escribe: Amelia Rios Federik

17/04/2026

La coyuntura argentina tiene una cualidad singular: cada semana parece abrir una nueva etapa, pero en realidad muchas veces sólo se profundiza la misma crisis. El Gobierno llega a este tramo con signos evidentes de desgaste, y no sólo por la tensión económica que atraviesa al país, sino también por la dificultad para sostener una narrativa política que además de resultar -muchas veces- incoherente, todavía no logra compensar el sacrificio  con una pequeña  brisa de esperanza. Cada vez vemos más desdibujado el  horizonte de la estabilidad y se ve que la pregunta ya no es si hay una mejora con el gobierno que prometía; “ser diferente”,sino cuánto tiempo puede una sociedad soportar los percances y tropiezos sin ver una mejora tangible 

El oficialismo apostó desde el inicio a una lógica de choque. Construyó su legitimidad sobre la idea de que el desorden anterior exigía una cirugía drástica, incluso dolorosa, y que ese sacrificio sería el precio inevitable de una futura recomposición. Ese argumento conserva fuerza en ciertos sectores, sobre todo entre quienes valoran la identidad misma del partido. Pero la política no se juega únicamente en la consistencia de un plan: también depende de su capacidad para producir resultados perceptibles. Cuando la promesa de alivio se posterga demasiado, el relato se desgasta y deja al descubierto su costado más frágil, o en criollo; su falta de eficacia.

En ese sentido, el principal problema del Gobierno no parece ser sólo económico, sino temporal. Los oficialismos suelen sobrevivir cuando logran administrar la espera. Necesitan que la sociedad tolere un presente incómodo a cambio de un futuro posible. “Precisamente por eso hay que persistir: para normalizar la economía y, con ella, la vida de todos los argentinos. Por eso pedimos paciencia. El rumbo es el correcto. Cambiarlo sería dinamitar lo logrado” Pero ese pacto se debilita cuando el día a día sigue empeorando o, en el mejor de los casos, no mejora con la velocidad prometida. Entonces el sacrificio deja de sentirse como transición y empieza a percibirse como un estilo de vida. Un mal mes o un mal año se convierte en un mal estilo de vida

A eso se suma un rasgo cada vez más visible: la sobreactuación del poder en un contexto donde haría falta más conducción y menos exhibición. La política no se sostiene sólo con firmeza discursiva. También requiere estar en ella , capacidad de rectificación y una mínima sensibilidad para llegar por A o por B a la autocrítica,con una eventual mejora. Autocrítica inexistente ya que todo despelote es una y otra vez atribuido sola y únicamente a las gestiones anteriores del Kirchnerismo, obviando otros gobiernos mas alineados con la propia ideología de este . Cuando el gobierno insiste en mostrar que no cede, incluso frente a señales de fatiga o descontento,  en un intento de transmitir “ fortaleza” hacia adentro pero, de lo contrario, solo parece  proyectarse rigidez. Y la rigidez, en momentos de tensión, suele estallar en un sentir popular de injusticia.

 

También hay un problema de legitimidad simbólica. Cada episodio que exhibe desprolijidad, opacidad o desconcierto amplifica la sensación de que el poder no controla completamente su escena. En la opinión pública, esas señales pesan más de lo que parece. No porque la ciudadanía espere perfección, sino porque espera un mínimo de coherencia entre la promesa de orden y la conducta del propio Estado.  Nuestro gobierno hace tanto, que no podemos escuchar lo que dice, y , cuando esa coherencia se resquebraja, la autoridad moral del gobierno solo puede debilitarse. Aproximadamente un 40% ya tiene una visión negativa del país y el 74% recortó gastos para sobrevivir. La pobreza y la falta de trabajo dominan la realidad,y se teje un rencor en cada garganta. El gobierno pierde sucesivamente apoyo, pero la oposición aún no logra capitalizar ese descontento para usarlo a su favor porque simplemente no parece ser elegida, la gente no confía en “recetas” viejas. No se elige ninguno porque ninguno es opción. Nos hemos acostumbrado a la crisis y la inestabilidad.

La oposición se desmorona. Ese vacío le da aire al oficialismo, que sigue ocupando el centro del debate aunque gobierne en estado de tensión permanente. Pero esa ventaja no es infinita. Los gobiernos no caen únicamente por los errores de sus adversarios; también se erosionan cuando ya no consiguen administrar el tiempo político, que es uno de los recursos más escasos del poder. Si el mal momento se prolonga sin una mejora clara, el Gobierno puede seguir siendo protagonista, pero cada vez más como objeto de desgaste que como sujeto de conducción.

En definitiva, el problema de fondo no es sólo cuánto durará esta etapa adversa, sino qué hará el Gobierno con ella. Si insiste en convertir el conflicto en identidad y el ajuste en destino, puede conservar coherencia, pero vulnerar la confianza en su gobernabilidad. Si, en cambio, logra corregir sin desarmar su núcleo de poder.  La política argentina suele ser menos lineal que sus discursos, y más cruel que sus promesas. Por eso, en este momento, el desafío no es sólo resistir: es demostrar que la resistencia conduce a algún lugar, siendo utópicos y un poco absurdos, un lugar” mejor”  La pregunta que plantea este análisis y asimismo la que me gustaría hacerle al pueblo argentino es ¿cuánto aguante percibe y cuánto está dispuesto a dar? hasta dónde y cómo podemos vivir esperando algo que aún no sabemos qué tan cerca de nuestra realidad está. Cuanto sacrificio es rentable con el mundo que nos “espera ” 


 


 


 


 

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