La secuela que le tuvo miedo a la cancelación

El diablo viste a la moda 2: mucho marketing, poco Prada

Victoria Basualdo

Escribe: Victoria Basualdo

12/05/2026

La campaña fue impecable. El tráiler con Lady Gaga de fondo, las fotos de Meryl Streep y Anne Hathaway en Milán, los titulares que prometían "la secuela que nadie esperaba pero todos necesitaban". El diablo viste a la moda 2 hizo exactamente lo que mejor sabe hacer el Hollywood de hoy: venderse. El problema es que, una vez apagadas las luces de la sala, lo que queda en pantalla no se acerca ni por asomo a lo que prometió.

La primera entrega de 2006 tenía algo que su secuela no puede comprar ni con los cien millones de dólares que puso Disney: incomodidad genuina. Miranda Priestly era un monstruo elegante, un personaje que no pedía comprensión ni la merecía. Su crueldad era el motor dramático, y Streep la habitaba con una frialdad que cortaba como tijeras de alta costura. Era, en el fondo, una villana sin redención posible, y eso era exactamente lo que la hacía grande.

Acá, en cambio, Miranda aparece humanizada hasta el desfiguramiento. Le dan vulnerabilidad, le dan dudas, le dan momentos tiernos. Se nota a kilómetros que el guion le tuvo miedo al personaje: en 2026, una jefa despiadada, hiriente y sin filtro no puede existir en pantalla sin que alguien le agregue una explicación, una herida de infancia, una escena donde muestre que en el fondo sufre. Como si la crueldad necesitara justificarse para ser tolerable. Como si el público de hoy no pudiera sentarse durante dos horas frente a alguien que simplemente es así y punto. El resultado es desconcertante. Uno de los personajes más icónicos del cine de los 2000 queda reducido a una versión de sí mismo diseñada para no ofender a nadie, para esquivar cualquier lectura incómoda, para salir ilesa de cualquier hilo de Twitter. Es un error de guion que ninguna actuación, por más extraordinaria que sea la actriz, puede salvar. Streep hace lo que puede con lo que le dieron. El problema es que le dieron poco.

El humor tampoco ayuda. La película ensaya una comedia que no termina de definirse: hay chistes que incomodan sin llegar a ser satíricos, situaciones que buscan la carcajada pero caen en el vacío, y un tono general que oscila entre la parodia y el drama sin comprometerse con ninguno de los dos. La dinámica entre Andy y Emily Charlton, que en la original funcionaba por su tensión casi animal, acá se resuelve con una simpatía que se siente forzada desde el arranque. Todo resulta demasiado liso, demasiado seguro, demasiado consciente de no querer pisar el palito.

Y después están las resoluciones. El tercer acto parece escrito con el manual de los finales felices abierto arriba del escritorio. Los conflictos que durante casi dos horas se presentaron como irresolubles se desarman en minutos, con la lógica de quien necesita que todo el mundo salga contento de la sala. La industria de las revistas en crisis, las tensiones corporativas, las ambiciones enfrentadas: todo encuentra una salida que la realidad del periodismo de hoy jamás ofrecería. Es el tipo de optimismo que no consuela sino que cansa, porque da por sentado un espectador que prefiere que lo acaricien antes que lo interpelen.

Ahora bien, hay un aspecto que vale la pena rescatar. Cuando la película habla de inteligencia artificial, cuando muestra cómo los algoritmos y la automatización le sacan el sentido al periodismo de moda y amenazan con reemplazar el criterio humano por la predicción estadística, algo toca una fibra sensible. Ahí la secuela encuentra su mejor argumento: la defensa del ojo entrenado, de esa inteligencia acumulada durante décadas que ningún modelo de lenguaje puede replicar. La película reivindica el valor del arte en la alta costura, la diferencia entre lo que es bello y lo que es viral, entre la cultura y el contenido. En esos momentos, El diablo viste a la moda 2 se acuerda brevemente de por qué el mundo que retrata vale la pena ser retratado.

Temas relacionados
Te puede interesar